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23.12.10

La gente se muere de hambre en Afganistán... ¿dónde va a parar la ayuda humanitaria?

"Hermosas pero falsas son las fotografías que frecuentemente son la única evidencia de que alguna compañía ha ejecutado un costoso proyecto de ayuda ubicado en algún lugar de Afganistán demasiado peligroso para que lo visite la agencia donante.

"Fui a ver una planta procesadora de alimentos en el este del país, que supuestamente iba a emplear a 250 mujeres", contaba un afgano que solía trabajar para una organización de ayuda estadounidense.

"Habíamos iniciado el proyecto y estábamos pagando por los equipos y los salarios. Pero cuando visité el sitio, lo único que encontré fue unas cuantas personas trabajando en una pequeña huerta del tamaño de un aula".

Cuando, exasperado, se quejó por la planta fantasma, un funcionario local le dijo que cerrara la boca. "Y dijo que si no me callaba iba a haber problemas en el camino de regreso a Jalalabad, en otras palabras, que me matarían".

Entre tanto, el Presidente Obama prepara su discurso sobre el progreso de la estrategia afgana, para ser difundido la próxima semana; es probable que sólo se limite a hablar del progreso militar.

Pero el fracaso más extraordinario de la coalición liderada por los Estados Unidos en Afganistán es que las decenas de miles de millones de dólares gastados hasta ahora han tenido muy poco impacto sobre la miseria en que viven 30 millones de afganos. Desde 2001, solamente los Estados Unidos han proporcionado $52 mil millones en ayuda, dos tercios en seguridad y un tercio para desarrollo económico, social y político.

A pesar de esto, unos nueve millones de afganos viven en absoluta pobreza, mientras que otros cinco millones, considerados 'no pobres', intentan sobrevivir con $43 al mes. "Todo aparenta estar bien para los extranjeros pero, de hecho, la gente está muriendo de hambre en Kabul," dice Abdul Qudus, un hombre en sus cuarentas con la cara profundamente arrugada, que vende ropa de segunda mano en una esquina de la capital. Son algo más que trapos, a la vista, en el suelo fangoso medio congelado.

"Compro y vendo ropa por entre 10 y 30 afganis (dos a seis centavos de dólar) y aún así hay gente demasiado pobre para comprarla", dice el Sr. Qudus. "Yo mismo soy muy pobre y en ocasiones no como para que mis hijos tengan suficiente". Dice que empezó a vender ropa de segunda hacía dos años cuando perdió su empleo de lavador de alfombras.

En privado, los funcionarios estadounidenses admiten que el torrente de dinero de ayuda que ha inundado Afganistán ha alimentado la corrupción y ha ayudado muy poco al afgano de a pie. Destinado a mejorar las condiciones económicas y sociales y así reducir el apoyo a los Talibanes, ese dinero está teniendo el efecto inverso de desestabilizar al país. Afganistán fue identificado como el tercer país más corrupto de 178 países del mundo en un reporte hecho público ayer por Transparencia Internacional.

"Los proyectos de ayuda son demasiado grandes, ejecutados en tiempos muy cortos, y en lugares extremadamente alejados," nos dijo un diplomático. Él recordaba que no pudo monitorear un proyecto de construcción de una carretera en la provincia de Kunar, al este [de Kabul], porque no le permitieron visitar la región por motivos de seguridad, ya que no lo podrían proteger del fuego indirecto.

Los afganos y estadounidense que han supervisado los proyectos de ayuda concuerdan en que el enfoque 'quick fix' ha sido desastroso. Hay escuelas donde nadie las necesita, equipadas con ordenadores en distritos donde no hay electricidad ni agua potable.

El diluvio de dinero ha tenido muy poco éxito en reducir las penurias económicas del pueblo afgano. "Todo es un gran mejunje", nos dice Karolina Oloffson, jefa de promoción y comunicación para la ONG afgana Integrity Watch Afghanistan. Las organizaciones de ayuda son evaluadas por la cantidad de dinero que gastan y no por algún resultado productivo." (Sin Permiso, 19/12/2010, citando a 'La gente está muriendo de hambre en Kabul. ¿Dónde va el dinero de la “ayuda” a Afganistán?', de Patrick Cockburn)

8.1.09

Afganistán: Los sobornos van desde 70.000 euros para ser jefe de policía hasta los 2.800 para salir de la cárcel

"Todo tiene un precio en el violento Afganistán. ¿Quiere ser jefe de la policía provincial? Le costará 100.000 dólares (70.000 euros). ¿Quiere transportar combustible con camiones por todo el país? Esté preparado para pagar 6.000 dólares (4.000 euros) por vehículo, si no quiere que la policía se chive a los talibanes. ¿Quiere resolver extrajudicialmente una disputa sobre la titularidad de una propiedad? Tenga a mano 25.000 dólares (18.000 euros), aunque algunos jueces le pedirán más.

"Es una pena, pero probablemente pagaré el soborno", afirma Mohamed Naim, un joven profesor de inglés. Su hermano está detenido y la policía pide 4.000 dólares (2.800 euros) para liberarle. "Todo es posible en este país. Todo", añade. La corrupción ha invadido Afganistán y su Gobierno, mantenido a flote gracias a la ayuda de Estados Unidos y otros países. Desde el más insignificante policía de tráfico hasta la familia del presidente Hamid Karzai, el Estado construido hace siete años tras la expulsión de los talibanes parece existir para que se enriquezcan los que lo dirigen.

Según diversas investigaciones, varios altos cargos de la Administración -incluido uno de los hermanos del presidente, Ahmed Wali Karzai- están relacionados con el tráfico de opio. En las calles y en las oficinas gubernamentales es difícil realizar un trámite sin tener que pagar un soborno, un regalo o, en el caso de un mendigo, harchee, es decir, lo que lleve en el bolsillo. (...)

"Los políticos de este país se han hecho con todo: dinero, montones de dinero", reconoció Karzai en noviembre. "Dios sabe que se ha superado el límite. Bancos de todo el mundo están llenos de dinero de nuestros funcionarios", añadió. (...)

"Este Gobierno ha perdido la capacidad de gobernar, porque el control está en manos de un gabinete en la sombra", cuenta Ashraf Ghani, ex ministro afgano de Finanzas. Dejó su cargo en 2004, según él, porque el Estado estaba bajo el control de los narcotraficantes. "Este narco-Estado se ha consolidado", dice. (...)

En el barrio de Sherpur, en la capital, se huele la corrupción más que en ningún otro sitio del país. Antes de 2001, era una colina sin edificios. Hoy, es el lugar más rico de Afganistán, con ostentosas y grandiosas mansiones valoradas en cientos de miles de dólares. Los afganos suelen llamar a estos inmuebles casas amapola (en referencia a la planta con la que se produce el opio). El barrio ha sido bautizado, con ironía, como Char-pur (la ciudad del saqueo). Lo más destacable de Sherpur es que algunos de los propietarios de estas viviendas son funcionarios del Gobierno, cuyos sueldos no dan para vivir en un sitio como éste ni dos días.

Una de las propiedades pertenece a Abdul Jabbar Sabir, un ex fiscal general que se hizo popular por declarar una yihad (guerra santa) contra la corrupción. Después de que Karzai le destituyera el año pasado, empezó a circular un vídeo en el que aparecía borracho y bailando y que fue un escándalo. Ahora, vive en Canadá y su casa en Sherpur se puede alquilar por 5.000 dólares mensuales.

Mientras tanto, el jefe de la policía de Kabul, Mahamed Ayob Salangi, es propietario de una mansión aún más grande, decorada con largas columnas y una enorme fuente. Se alquila por 11.000 dólares al mes. El sueldo de Salangi no es público, pero, a modo de comparación, el presidente Karzai gana unos 600 dólares al mes.

Amin Farhang, ministro de Comercio, explica en una larga conversación en el salón de su casa, que pasó dos años intentando despedir al responsable de otorgar las licencias de apertura de nuevos negocios, que lo hacía a cambio de una suculenta comisión. No logró deshacerse de él porque, según Farhang, sobornaba a otros miembros del Gobierno para que no lo echaran. (...)

La corrupción es palpable en los juzgados del centro de Kabul. Farooq Farani lleva siete años intentando recuperar la titularidad de su casa. La abandonó en 1990, cuando empezó la guerra civil y tuvo que salir del país. Cuando volvió, en 2001, tras la caída del régimen talibán, un extraño ocupaba la vivienda. "Mi casa vale 50.000 dólares y me han dicho que tengo que pagar 25.000 para recuperarla", cuenta.

La corrupción puede ser endémica, pero si existe alguna esperanza está en gente como Farani, que se niega a pagar el soborno. "Es una cuestión de principios. No pagaré. ¡Nunca!", asegura. "Pero no tengo mi casa y no sé si alguna vez la recuperaré". (El País, ed. Galicia, Internacional, 03/01/2009, p. 6)