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3.3.11

"No hay palabra que defina mejor la decadencia de una democracia, basada... en el imperio de la ley, que la impunidad... de las grandes corporaciones"

"Seguramente la cultura de la impunidad referida a países con regímenes totalitarios o dictatoriales ha disminuido de manera notable en las últimas décadas. Ahí está, por ejemplo, la Corte Penal Internacional (CPI), creada en 1998, que permite juzgar a grandes criminales de guerra, como Slobodan Milosevic o Charles Taylor (...)

Pero al margen de la CPI y de los casos más extremos que ella juzga, parte de la ciudadanía occidental percibe un incremento de esa misma cultura de la impunidad en sus propias sociedades, que además parecen sentirse cada día más fatalistas al respecto.

Probablemente no hay palabra que defina mejor la decadencia de una sociedad democrática, basada necesariamente en el imperio de la ley, que la impunidad, incluso cuando no se refiere a grandes crímenes, sino a pequeñas corruptelas protagonizadas por grandes corporaciones, deshonestidades perversas, cotidianas, insidiosas, que amargan el carácter y desquician a los frustrados ciudadanos.

Peor que las corruptelas, peor incluso que el propio abuso, es la sensación de que los poderes que los protagonizan están fuera del alcance de cualquier castigo. No es una novedad en la historia, pero, probablemente, nuestros padres y abuelos creyeron, y sintieron, que, poco a poco, esas corruptelas y mañas acabarían por ser controladas y perseguidas por la ley.

Nosotros, los hijos y nietos, estamos seguros de lo contrario. Creemos, como decía hace unos pocos años el gobernador del Banco de Inglaterra, que nunca un número más pequeño de individuos ha hecho tanto daño a un número más grande de personas.

Que nunca las corruptelas y amaños "de cuello blanco" habían alcanzado a un número tan elevado de damnificados, quizá porque nunca ha habido un mayor número de consumidores, expuestos a esas sucias prácticas.

Y sobre todo creemos que, de acuerdo con una ley que se llama de Fahnstock, estamos en un momento en el que todo tema que merezca la pena debatir, merece la pena evitarlo por completo.

¿Alguien duda de que el peor efecto de Wikileaks no ha sido provocado por las filtraciones, sino por la apatía y dejadez con las que se ha contemplado lo que no era, no debía ser, un espectáculo, sino una denuncia?" (La ley de Fahnstock, de SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ El País, Domingo, 13/02/201, p. 17)

18.6.09

El negocio de las epidemias de gripe

"Lo ocurrido con la gripe aviar debería ser aleccionador. (...)

La OMS pidió a los países más afectados que colaboraran entregando muestras del virus en cuestión a los cuatro centros de investigación del virus de la gripe que existen en todo el mundo asociados a la OMS y a los tres laboratorios de referencia dedicados a la búsqueda de la vacuna, situados todos ellos en Estados Unidos, el Reino Unido y Australia. Según un protocolo de la OMS difundido por la ONG Third World Network, "no se distribuirán esos virus a ningún otro laboratorio sin permiso del país que envió la muestra original". (...)

Aun así, una compañía farmacéutica privada, a la que probablemente alguien de uno de esos laboratorios "autorizados" había facilitado muestras del virus de la gripe aviar detectada en Indonesia, apareció en Yakarta intentado vender dosis de la vacuna apropiada a 20 dólares la unidad. Dado que Indonesia tiene 200 millones de habitantes y que el Gobierno deseaba crear un fondo de reserva de vacunas capaz de hacer frente a una eventual epidemia, la operación era económicamente fantástica.

El Gobierno de Indonesia mostró su enfado suspendiendo el envío de muestras del H5N1 a los centros de investigación, hasta obtener garantías de que se respetaban lo que, a su juicio, eran acuerdos vigentes con la OMS. La decisión perjudicaba la investigación científica, pero era fácilmente comprensible. Según el People's Health Movement (PHM), países como Indonesia, Tailandia, India, Nigeria o Brasil llevan dos años luchando para que la OMS cambie su regulación actual respecto a los virus de la gripe y asegure a los países emergentes el acceso a la tecnología y el know-how necesarios para ser capaces de hacer frente directamente a una eventual epidemia o pandemia.

Las peticiones de esos países han tropezado, según PHM, con la dura resistencia de Estados Unidos, la Unión Europea (siempre dispuesta a ponerse de acuerdo en temas comerciales de este tipo) y Japón, que quieren disponer de las muestras de los virus, pero no quieren compartir ni la tecnología ni los conocimientos para desarrollar las vacunas apropiadas. (...)

Según ese estudio, las normas europeas sobre la propiedad intelectual podrían hacer subir un 34% el precio de los medicamentos en países como Perú y Colombia." (SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ: Conflicto de intereses. El País, Domingo, 14/06/2009, p. 13)

30.4.09

Los ensayos clínicos de Pfizer causaron la muerte a 11 niños nigerianos, y otros 181 sufrieron daños cerebrales

"La presa Hoover, considerada como una de las grandes obras de la ingeniería civil de toda la historia, fue construida entre 1931 y 1936, en el río Colorado, en plena Gran Depresión norteamericana, y las obras finalizaron casi dos años antes de lo previsto, gracias al empeño del ingeniero encargado de la construcción, Frank Crowe. Para conseguir su reto, Crowe presionó día y noche a los trabajadores, sin importarle los riesgos que corrían, sin abastecerles de agua potable suficiente y sin tomar la menor precaución para que no resultaran intoxicados por monóxido de carbono, como les ocurrió a bastantes de ellos. Evitar esas muertes y esas terribles condiciones de trabajo hubiera retrasado la obra quizá seis meses, dentro del plazo autorizado, pero a Crowe le gustaban los retos y ser competitivo. La obra hubiera sido la misma, igual de grandiosa, igual de importante, igual de útil... pero había simplemente una empresa y un hombre que no estaban dispuestos a perder un penique ni a perder un día.

La historia de Crowe viene a cuento de otras muchas, igualmente terribles, e incluso peores, que jalonan la biografía de pretendidos grandes hombres y de famosas grandes empresas. Una de ellas, una de las peores, ocurrió en 1996 en Nigeria, cuando la multinacional farmacéutica Pfizer, la más grande del mundo, autorizó a realizar ensayos clínicos de un nuevo antibiótico, posiblemente indicado para la meningitis y otras graves infecciones, con doscientos niños nigerianos. Once de ellos murieron y otros 181 sufrieron daños cerebrales. Pfizer nunca ha aceptado su responsabilidad, pero esta misma semana sus abogados han anunciado un acuerdo con el Gobierno de Nigeria para indemnizar a las familias de los niños muertos y enfermos con una cantidad no determinada, pero que algunas fuentes cifran en 55 millones de euros. (¿Quién garantiza que el dinero acabará en manos de los interesados y no se perderá en las sendas de la extraordinaria corrupción nigeriana?). (...)

La pena es que conocemos el nombre de Crowe, un ingeniero canalla y aprovechado, de la Gran Depresión, pero no sabemos el nombre del ejecutivo y de los médicos que dirigieron y participaron en el proyecto africano, hace escasamente diez años. ¿Por qué no? ¿Por qué los ciudadanos no tenemos derecho a saber quiénes son, cómo se llaman, dónde viven y dónde trabajan? ¿De qué sirven nuestros representantes si no nos protegen difundiendo los nombres de las personas que participaron en aquel ensayo clínico? ¿Acaso no se difunden listas de personas a las que se acusa de pederastia? ¿Acaso no protestan los padres del mundo desarrollado porque quieren que se les advierta cuando se instala en el barrio un violador de menores? ¿No merecemos que se nos avise de que posiblemente estemos tratando y conviviendo con los médicos contratados por Pfizer que estuvieron en Nigeria en 1996? No hace falta acusarlos de nada. Basta con difundir en Internet los nombres, contrastados y seguros, de los especialistas que participaron en aquel ensayo. Uno sólo de ellos tuvo la decencia de denunciar lo ocurrido. Uno sólo de aquellos médicos envió una carta al presidente de Pfizer explicando lo que, a su juicio, había ido mal. Al parecer, ya no trabaja en la compañía." (Soledad Gallego Díaz: Ni un día, ni un céntimo. El País, Domingo, 26/04/2009, p. 13)