Esa misma noche,
Pujol le comunica a Prenafeta lo que se convertirá “en el eje central de
su estrategia de defensa política: una identificación absoluta entre
Jordi Pujol y Cataluña, que le permite plantear el silogismo de que
procesando al primero se quiere juzgar a la segunda.”
Esa madrugada,
Prenafeta y Ferrusola comienzan a preparar el acto de desagravio que
debe coincidir con la sesión de investidura, prevista para el 30 de
mayo.
Durante los días
siguientes a la explosión, el president se esfuerza por dar una imagen
de normalidad, en lugar de eludir las comparencias públicas, como le
aconsejan muchos, asiste a los actos oficiales y acontecimientos
sociales de su apretada agenda para demostrar su entereza y que la
querella no le ha afectado.
Pero la procesión va por dentro y todos sus
colaboradores coinciden en comentar que “está tocado.” Inmediatamente,
la poderosa maquinaria política y mediática convergente se pone a
funcionar a tope. Sin ningún pudor, TV3 y Catalunya Ràdio convocan a la
ciudadanía a asistir a la manifestación. En el operativo tiene un papel
destacado Lluís Vilaseca, ex directivo de Catalana y del Barça, nombrado
en 1980 secretario general de Deportes de la Generalitat, que moviliza a
federaciones deportivas y todo tipo de entidades, “desde clubs de
gimnasia hasta peñas de petanca de asociaciones vecinales; un sinfín de
grupos, surgidos debajo de las piedras, insertan anuncios convocando a
la manifestación. En realidad, las entidades se limitan a ceder los
nombres, ya que la publicidad será redactada y abonada directamente por
Convergència”.
En su libro
Contra Catalunya, el periodista Arcadi Espada, nos proporciona un vívido
testimonio de estas jornadas. En los días previos a la manifestación,
la redacción de El País donde trabaja, recibe docenas de comunicados y
pasquines que “convocan espontáneamente al pueblo de Cataluña a
manifestarse en defensa de Jordi Pujol”.
Aquí estriba uno de los ejes de
la campaña, se elude la implicación explícita de CiU en la convocatoria
y se presenta como una reacción espontánea e indignada del pueblo
catalán. Así también se diluían las responsabilidades del partido en los
eventuales incidentes que pudieran provocarse:
“Se trataba de un
descontrol controlado (...) se trataba, se trata y se podrá tratar,
cuando la ocasión lo vuelva a pedir, de un método perfectamente
insertado en la conceptualización nacionalista. La elemental confusión
entre los intereses de un hombre y de un pueblo, entre un partido y un
pueblo (...) se explayaba aquí sin manías. El pujolismo apostaba
decididamente por la pornografía política.”
La campaña tiene
éxito y muy pocos se atreven a discrepar públicamente. Como recoge
Espada, Vázquez Montalbán publica un artículo donde afirma que en
Cataluña nadie cree que Pujol sea un ladrón. Únicamente, Solé Tura -“un
islote orgulloso en medio del pensamiento catalán de la época”- se
permite criticar la utilización política que Pujol está haciendo del
asunto, la querella es producto de una decisión judicial, que debe
resolverse en ese ámbito.
El 30 de mayo, por la tarde, a la misma hora
que se vota la segunda investidura de Pujol miles de personas se
concentran frente a la sede del Parlament. Entre cien y doscientas mil
personas, según las fuentes, se concentran en el trayecto que debe
recorrer el president del Parc de la Ciutadella a la Plaça Sant Jaume.
Muchos –como observa Cabana- “con americana y corbata”, participan por
primera vez a una manifestación.
Entonces se producen unos incidentes
gravísimos, silenciados por la prensa barcelonesa del día siguiente.
Cuando se levanta la sesión, irrumpen en la Cámara miembros del servicio
de orden de la manifestación, muchos de los cuales militantes de CiU,
con el pretexto de proteger a los diputados.
A la salida del Parlament,
los líderes del PSC son insultados, escupidos y deben ser protegidos por
la policía autonómica para evitar que las agresiones pasen a mayores.
En muchas pancartas se les trata de botiflers (traidores) y en otras
puede leerse: “1714 Felipe V, 1939 Franco, 1984 Felipe González”.
Entre
aclamaciones y aplausos, el recién investido president sube al coche
oficial que muy lentamente recorre el corto trayecto que le separa del
Palau de la Generalitat, mientras saluda triunfal con la mano extendida a
sus fieles.
Siempre en las grandes ocasiones, como el consejo de guerra
o tras su primera victoria electoral ha sabido encontrar las palabras y
el tono precisos para galvanizar a sus correligionarios. En la plaza
Sant Jaume aborrotada resuenan atronadores los gritos ¡Pujol, Pujol!,
que aparece en el balcón flanqueado por su esposa, Prenafeta y la plana
mayor del partido.
Ese espacio está
sobrecargado de simbolismo. En ese mismo balcón, el 14 de abril de 1931,
Francesc Macià proclamó la fugaz “republica catalana como Estado
integrante de la Federación Ibérica” y el 6 de octubre de 1934, Lluís
Companys, declaró constituido el efímero “Estado catalán de la
Republica federal española”.
También aquí Josep Tarradellas, el 23 de
octubre de 1977, pronunció el famoso “Ja sóc aquí.”Ahora, como los
presidentes de la Generalitat que le han precedido, lanzará su gran
discurso, sin papeles y con abundante gesticulación.
“El gobierno
central ha hecho una jugada indigna; en adelante, de ética y moral
hablaremos nosotros, no ellos”. Los gritos de la multitud que corean el
lema Som una nació!, le obligan a detenerse y responder: “Somos una
nación, sí, somos un pueblo y con un pueblo no se juega... Un pueblo
tiene una vida propia, somos millones y millones de personas, y
generaciones, y hombres y mujeres de hoy, venidos de todas partes para
incorporarse a Catalunya”.
Después de alabar
el civismo democrático “a la catalana, con respeto a todos” de los
manifestantes, comprime las ideas-fuerza de toda su trayectoria. Alude a
la fuerza de la identidad y la capacidad integradora de Catalunya que
hoy ha demostrado su potencia y a su voluntad de construir y no
destruir, de sumar y no restar.
“De esa Cataluña,
nosotros, vosotros, habéis dado testimonio ahora y esta fuerza la
tenéis que utilizar ahora, pero la tenemos que utilizar para ir en
contra, no en venganza.
Tenemos que utilizarla para construir nuestro
pueblo y para extender la mano a todos (...) porque todo aquel que vive y
trabaja en Catalunya, tenga las ideas que tenga, piense como piense,
haga lo que haga en un determinado momento es hermano nuestro, es un
catalán.”
“Y ahora con la
fuerza renovada que vosotros nos habéis dado y habéis dado a Catalunya,
tenemos que ser capaces de trabajar aquí, primero, y después tenemos que
ser capaces de hacer este esfuerzo fuera de aquí. No solamente que con
Catalunya no se juega, no solamente que los juegos sucios no valen, sino
que, además, si quieren, nosotros somos capaces de aportar esa
fidelidad, esta energía, esta fuerza que vosotros representáis, que en
Catalunya representáis, a la construcción general de todo el país.
Si
quieren, nosotros, desde nuestra identidad como pueblo, estamos
dispuestos a hacer esta colaboración, con una fuerza que ellos no
pensaban, pero que no irá contra nadie, sino que irá a favor de todos.
Ahora, ha llegado
la hora de volver al trabajo de cada día y dejar que todos juntos,
nosotros, vosotros, el gobierno, todos sepamos hacer uso de esta gran
victoria que hemos conseguido hoy. Que no es mi nombramiento como
presidente, sino esta manifestación maciza, rotunda, absoluta, de
catalanidad, de democracia, de juego limpio, de voluntad de convivencia.
¡Catalanes! ¡Muchas gracias! Ahora cantaremos nuestro himno nacional,
cantaremos Els Segadors y después, pacíficamente, gozosamente, como os
he dicho, con el orgullo de haber hecho una cosa bien hecha, de la que
la historia hablará. Vosotros, hoy, habéis sido protagonistas de un
hecho histórico, después, nosotros nos iremos todos a casa, sí y desde
mañana, como os he dicho al trabajo, con la energía concentrada en la
fidelidad siempre a aquello que hace que seamos lo que somos, que somos
catalanes.”
Pujol arrancó a
cantar, seguido por los miles de manifestantes y como broche final a la
pieza oratoria clamó: “¡Catalanes! Gritad ahora tres veces: ¡Visca
Catalunya! ¡Visca Catalunya! ¡Visca Catalunya!” Como observan Novoa y
Reixach, las aclamaciones a Pujol se han transmutado en vivas a
Cataluña. “Concluía de esa forma una magna manifestación que se había
planteado como de apoyo y desagravio a un líder político y que se había
transformado en una defensa patriótica.”
Esa tarde se
completa el proceso de identificación entre el líder y la patria. Se
intentado atacar a Cataluña y su naciente autogobierno, a través de su
persona convertida en un símbolo viviente de la nación.
Si tras su
proceso y detención se convirtió en la referencia social del catalanismo
democrático, burgués, católico y antifranquista, tras el desagravio se
aposenta como virtual president vitalicio de la Generalitat y las
legislativas catalanas se convertirán, desde entonces, en una especie de
plebiscito sobre su persona y su gestión.
El éxito de la
estrategia defensiva de Pujol modifica las reglas de inclusión/exclusión
en la nación. Esa tarde se traza una gruesa raya que separa a los
buenos de los malos catalanes, donde los socialistas son virtualmente
expulsados de la comunidad nacional. El president refuerza aún más su
autoridad moral y se inviste con los papeles de juez supremo cuyo
criterio resulta decisivo para otorgar o negar la catalanidad política.
Como apunta Espada, “los primeros que confundieron Pujol con Cataluña
fueron los socialistas catalanes”. No sólo interiorizaron las
acusaciones de los nacionalistas, sino que se sometieron a todas sus
exigencias con el objetivo de hacerse perdonar y se “produjese el
reingreso a la congregación cuando antes mejor y era igual en qué
condiciones humillantes.” (...)
Defensa y absolución
Durante más de
dos años, hasta su exculpación, cada decisión jurídica, cada paso
procesal será objeto de enconadas polémicas y tema de la querella domina
la política catalana. La estrategia defensiva de Pujol se estructuró en
torno a dos frentes: jurídico y político.
Del primero se encarga el
bufete del abogado Joan Piqué Vidal, muy activo en las juntas de
accionistas de Catalana. Profesor de derecho procesal en la Universidad
de Barcelona, conocido por sus hábiles estrategias que eluden el fondo
de los asuntos y se centran en cuestiones de procedimiento, goza de
excelentes relaciones con la judicatura catalana.
No solo por despertar
la vocación de sus alumnos hacia la carrera judicial, sino por su
interés por los jueces destinados a Barcelona, a los que les facilita
alojamiento y todo tipo de comodidades. A los jóvenes con posibilidades
de llegar a ejercer, les proporciona recursos y ayudas; a los veteranos
también sabe ganárselos con otro tipo de favores, como en el caso de
juez García Lavernia, condenado por cohecho y apartado de la carrera
judicial, a quien dio trabajo en su despacho.
Piqué Vidal dispone de un
archivo donde constan todas las incidencias de las carreras de los
jueces que han pasado por Barcelona. Por todo ello, tiene una clientela
selecta, entre los que se cuenta el financiero Javier de la Rosa. Según
Novoa y Reixach, los contactos de Piqué Vidal con los 41 magistrados de
la Audiencia Territorial de Barcelona que habían de decidir si el
proceso contra Pujol, continúa adelante fue determinante para su
exculpación.
En el frente
político se movilizan todos los recursos. Aprovecha el encuentro oficial
con el Rey, celebrado un día después de la manifestación de desagravio,
en calidad de presidente electo de la Generalitat, para transmitirle su
malestar por la querella. Por su parte, Prenafeta se entrevista con
Juan de Borbón, con el mensaje que la “querella es un ataque político a
Catalunya.”
Según Antich, “el padre del Rey mueve a partir de entonces
determinados hilos, influye en su hijo, en determinados estamentos
políticos y económicos”. En octubre, Pujol se reúne dos veces con
González, pero no se aprecian cambios en la actitud del ejecutivo
socialista.
El 2 de octubre
de 1984 Pujol es interrogado durante tres horas en la Casa dels
Canonges, por el juez instructor del caso, Ignacio de Lecea, su adjunto,
Enrique Anglada y los fiscales Villarejo y Mena, acompañados por dos
funcionarios. La defensa de Pujol corre a cargo de Piqué Vidal y del
catedrático de Derecho Penal, Joan Córdoba. En marzo de 1986 se perciben
los primeros signos de cambio en la política del gobierno socialista
respecto al caso Catalana.
El 4 de septiembre González y Pujol se
entrevistan en La Moncloa a petición del primero. Después de tratar de
diversas cuestiones, el presidente español entra en materia y le
comunica que “le duele mucho” el asunto de la querella que no es
responsabilidad política suya. “Tienes que creerme; nosotros no hemos
tenido ninguna incidencia en el tema.”
La respuesta de Pujol
–reproducida por Antich- consiste en no cuestionar esta afirmación, pero
constatar que “entre el Gobierno central y el Gobierno de la
Generalitat, o si quieres entre presidente del Gobierno y presidente de
la Generalitat, ha ocurrido aquello del espejo roto.
Porque esto es como
un espejo que ha caído al suelo y se ha roto en mil pedazos. Podemos
hacer dos cosas: saltar sobre los pedazos y acabarlos de triturar, o
bien recoger los trozos con los que todavía nos podemos ver y mirarnos
en los fragmentos. Pero, en todo caso, el espejo ya está roto.”
La conversación
con González es interpretada correctamente como una declaración de
intenciones para desactivar la querella. Pocos días después y
coincidiendo con la Diada Nacional, Burón Barba presenta su dimisión y
es sustituido por el ex ministro de presidencia Javier Moscoso.
El pleno de la
Audiencia de Barcelona que debe decidir sobre su procesamiento, dada su
condición de aforado, se convoca el viernes 21 de noviembre de 1986 a
las diez de la mañana. Tres días antes, Pujol ha comparecido ante las
cámaras de TV3 para insistir en el argumento central de su defensa: no
se trata de una acusación contra él, sino contra Cataluña.
El mensaje no
puede ser más claro, si se atreven a procesarlo la gente volverá a
echarse a la calle y se crearán las condiciones para un conflicto de
imprevisibles consecuencias que amenaza con reventar los pactos de la
Transición. Poco antes de su intervención televisiva, Piqué Vidal ha
telefoneado a Prenafeta para garantizarle que, tras hablar con casi
todos los magistrados, la votación arrojará una mayoría clara de 29
votos a favor de la exculpación.
El jefe del equipo de abogados se ha
quedado corto. Tras una viva discusión en la que intervienen una decena
de jueces, 33 votan a favor de Pujol y sólo ocho en contra. A las siete y
media de la tarde, el presidente de la Audiencia, Jaume Amigó, declara
que, atendiendo a criterios estrictamente jurídicos y al margen de las
presiones políticas, se ha decidido que “no ha lugar al procesamiento
del aforado. No hay indicios racionales de criminalidad, por el momento,
del aforado.”
A las nueve de la noche, Pujol hace pública una declaración institucional:
“Quiero felicitar
al pueblo catalán, porque, finalmente, su presidente, la Generalitat y,
de hecho, toda Cataluña, se libran de una grave presión que ha durado
dos años y medio (...) Muchas gracias a todos los que me han hecho
llegar su solidaridad o que simplemente han sufrido conmigo. Hay mucha
gente así en Cataluña y también los ha habido fuera de Cataluña. A todos
ellos muchos gracias.”
Esa noche, unas
quinientas personas se concentran en la plaza Sant Jaume para festejar
su “absolución.” El caso quedará complemente cerrado, el 27 de enero de
1988 cuando el Juzgado de Instrucción n.12 exculpa al resto de
imputados.
La sentencia atribuye el hundimiento de Catalana a la crisis
económica internacional, “a la difusión de noticias y rumores que
provocaron la retirada de fondos.” Se considera que la gestión de los
directivos no fue “acertada” y que fue factor importante en la quiebra,
pero ello “no es incluible, ni se halla incluido en tipo penal alguno.”
Una de las
secuelas de la querella fue el persistente y cerval odio, con ribetes de
manía persecutoria, que Pujol profesará contra Villarejo y Mena que han
recibido anónimos amenazantes y llamadas insultantes.
En 1987, meses
después su exculpación, Villarejo es nombrado fiscal jefe del Tribunal
Superior de Justicia Catalunya (TSJC) que Pujol encaja como una afrenta
personal. Poco después, coincide con Moscoso en una recepción de la Casa
Real en la Granja de San Ildefonso, al que le comunica su malestar en
los términos más duros, acusándolo de carecer de sentido de Estado y de
ser “indigno del cargo que ocupa.”
En 1995, moverá todas sus influencias
para evitar que Villarejo, que continúa como fiscal jefe de TSJC, sea
nombrado primer titular de la recién creada Fiscalía Anticorrupción. Su
ira es aún mayor cuando comprueba que Mena, su otra bestia negra, es
designado para sustituirle. Tras ver ratificado su nombramiento no se
priva de declarar a los medios de comunicación:
“Es indudable que
la Generalitat se ha sentido perseguida por este fiscal. Si he
sobrevivido doce años a su implacable persecución, puedo hacerlo doce
años más o veinticuatro.”
El victimismo es
uno de los recursos más efectivos de la panoplia discursiva convergente
que remueve la vieja herida narcisista. Cataluña, la pacífica y
laboriosa nación se defiende desde hace siglos de sus poderosos enemigos
castellanos que quieren someterla y asimilarla, pero el pueblo catalán
ha tenido la suficiente vitalidad y energía para resistir y plantarles
cara, como se ha levantado ahora en defensa de su presidente
injustamente procesado.
Esta retórica victimista y resistencialista toca
la fibra sensible, despierta los sentimientos comunitarios más
profundos y aglutina en torno suyo a los nacionalistas de todas las
generaciones y tendencias. Tras el desenlace de Banca Catalana cualquier
ataque a Pujol será interpretado como una agresión a la patria y
servirá como guión para afrontar los numerosos casos de corrupción que
rodean la gestión de los gobiernos de CiU.
El
escándalo provocado por la confesión de Pujol sobre las cuentas opacas
en el extranjero ha vuelto a replantear el caso. En una entrevista al
diario digital eldiario.es, el fiscal de Banca Catalana, César Jiménez
Villarejo, declaró que “los fiscales generales del Estado, en esta etapa
nombrados por el PSOE, me prohibieron que iniciara ninguna
investigación que pudiera perjudicar a Convergència Democrática y,
particularmente a Jordi Pujol”.
Asimismo denuncia que muchos
magistrados ni siquiera se pasaron a recoger la documentación
inculpatorios que el juez instructor les había preparado “ya tenían
predeterminado que votarían en contra y algunos de ellos, incluso se
jactaban, en determinados círculos. Tenían una toma de posición previa a
favor de Pujol. Esto demuestra el nivel de connivencia ideológica, que
había.
También de cobardía de magistrados que concluyeron que no había
motivo para procesar a Pujol. Solo ocho magistrados, encabezados por
Antonio Doñate y Margarita Robles pidieron su procesamiento.” Esto
generó “un clima de impunidad que le fue perfecto para seguir operando
en su política, social y económica, de forma arbitraria y fuera de
peligro de cualquier persecución judicial, que sabía que no existiría
porque él controlaba perfectamente la parte del poder judicial que le
interesaba”.
Desde entonces, Pujol “se convirtió en un personaje
invulnerable ante la justicia. Había un pacto más expreso que tácito
entre el Gobierno del PSOE y luego el del PP que Pujol era intocable
(,,,) Me resulta indignante que ahora hablen de España como si fuera el
gran enemigo cuando durante tantos años haciendo actuaciones ilícitas,
fraudulentas y delictivas, han sido protegidos por ese Estado que ahora
parece que detestan tanto.”