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9.9.22

El hijo de Joe Biden representa ‎oficialmente al Departamento de Defensa y también, al menos oficiosamente, a su padre, ‎además de cobrar cuantiosas sumas de dinero por cosas que es incapaz de hacer

 "(...)  Veamos el caso de Biden. Durante la campaña presidencial de 2020, el New York Post revelaba ‎que el FBI había encontrado una computadora perteneciente a uno de los hijos del candidato ‎demócrata Joe Biden. Según la publicación, los ficheros encontrados en la computadora ‎demostraban tanto el tren de vida disoluto de su dueño –lo que en realidad no era un misterio ‎para nadie– como su corrupción… y la de su padre. ‎

Inmediatamente se inició una gran operación para salvar la reputación del candidato Joe Biden. ‎El FBI se negó a que se profundizara en el contenido de la computadora mientras que ‎personalidades de la “comunidad de inteligencia” estadounidense hacían correr el rumor de que ‎aquello era una desinformación rusa provechosa para el candidato Trump [1]. ‎Así que los medios ignoraron las revelaciones del New York Post y el candidato Biden fue ‎declarado ganador. ‎

Dos años después, ahora resulta que las revelaciones del New York Post eran exactas, han ‎aparecido nuevos documentos y el ministerio de Defensa de la Federación Rusa también ha ‎encontrado otros durante su operación militar en Ucrania. ‎

Hoy se sabe que:

Hunter Biden, quien ha contado él mismo sus peripecias como drogadicto, hoy sigue siendo ‎dependiente del consumo de drogas. Alrededor de él se mueve una camarilla de jóvenes que ‎comparten su adicción a la cocaína y que organizan orgías con este hijo del ahora inquilino de la ‎Casa Blanca. Sin entrar a emitir aquí juicios morales sobre tales actividades, es evidente que ‎Hunter Biden no está en estado de dirigir empresas.

A pesar de ello, Hunter Biden fundó o tomó el control de varias empresas importantes (Eudora ‎Global, Owasco, Oldaker, Biden and Belair LLP, Paradigm Global Advisors, Rosemont Seneca ‎Advisors y Seneca Global Advisors).‎

Siendo su padre vicepresidente de Estados Unidos y John Kerry secretario de Estado, Hunter ‎Biden fundó una empresa con el hijastro de este último, Christopher Heinz. Esa empresa comenzó ‎a hacer negocios en Ucrania en nombre del Departamento de Defensa de Estados Unidos, ‎entonces encabezado por el secretario de Defensa Ashton Carter. Oficialmente, se trataba de ‎evaluar lo que quedaba de los programas biológicos militares soviéticos… pero parece que el ‎verdadero objetivo era continuar en Ucrania investigaciones que eran ilegales en suelo ‎estadounidense, como denuncian los rusos.

Hunter Biden y su tío, James Biden, trabajaron con CEFC, una compañía petrolera estatal china, ‎lo que permitió a Hunter echarse en el bolsillo 3,8 millones de dólares… sin saber ‎absolutamente nada del petróleo.

Hunter Biden se convirtió en administrador de la segunda empresa petrolera de Ucrania, ‎Burisma, sin tener absolutamente ninguna competencia para ese cargo, que le reportaba ‎‎50 000 dólares al mes.

Hace años que Hunter Biden viaja constantemente en aviones oficiales, a pesar de que como ‎hijo del vicepresidente o del presidente de Estados Unidos sólo podría hacerlo acompañando a ‎su padre.

En definitiva, Hunter Biden dirige u ostenta puestos en numerosas empresas, representa ‎oficialmente al Departamento de Defensa y también, al menos oficiosamente, a su padre, ‎además de cobrar cuantiosas sumas de dinero por cosas que es incapaz de hacer. ‎

Incluso suponiendo que el presidente Biden no esté implicado en los “negocios” de su hijo Hunter, ‎lo cierto es que al menos cubre el uso que hace Hunter de su posición en lo más alto de la ‎cúpula gubernamental estadounidense y permite que utilice los medios del Estado federal para estafar a los ‎demás. ‎

Bajo el Imperio Romano, el emperador Calígula llegó a otorgar la dignidad de cónsul a su caballo ‎preferido. En Estados Unidos, el vicepresidente Biden cubría los chanchullos y las estafas de su hijo ‎Hunter. Actualmente, cuando Joe Biden se ha convertido en presidente a pesar de su evidente ‎pérdida de facultades mentales, su hijo Hunter se aprovecha de ello para seguir “haciendo ‎negocios” como “hijo de su papá”. ‎

Esas alegaciones ya no son rumores. Ahora se trata de hechos comprobados y plasmados en ‎informes senatoriales. ‎(...)"                    (THIERRY MEYSSAN, Observatorio de la crisis, 07/09/22)

21.4.22

La esquizofrenia de los medios al hablar de corrupción política en Estados Unidos. La política aquí mueve tanto dinero, y lo hace tan a la vista, que es muy difícil no caer en el cinismo. Los medios parece que ni lo intentan

 "Escándalos variables

La esquizofrenia de los medios al hablar de corrupción política en Estados Unidos.

Amistades saudíes

Hace algo más de una semana, el NYT publicó un largo, detallado artículo sobre las actividades empresariales de Jared Kushner tras dejar la Casa Blanca.

Kushner, para los olvidadizos, es esa especie de idea platónica de pijo heredero de una fortuna familiar que estaba casado con la hija de Donald Trump, que trabajó de asesor en su administración durante los cuatro años de la presidencia. No se le conoce talento alguno, aparte de ser yerno, tener una infinita confianza en él mismo y ocuparse de temas que iban desde Oriente Medio a la pandemia de COVID.

Pues bien, el bueno de Jared fue, durante todo el mandato de Trump, uno de los proponentes más entusiastas de un acercamiento diplomático hacia Arabia Saudí. Fue uno de los mayores defensores de Mohammed Bin Salman, el príncipe heredero y líder de facto del país, como alguien en el que podían y debían confiar. Fue favorable a darle carta blanca en Yemen y romper todo contacto/deshielo con Irán. Cuando los saudíes hicieron filetes (literalmente) a un columnista del Washington Post, Jamal Khashoggi, porque hablaba mal del príncipe, fue Jared el que convenció a Trump de que mira, pelillos a la mar, y que tampoco es que tuviera demasiada importancia.

La fortuna de los Kushner siempre ha estado basada en el negocio inmobiliario en Nueva York (que siempre ha sido honestísimo), aunque Jared nunca fue demasiado bueno en ello (y estuvo a punto de arruinarles). El tipo siempre ha sido una criatura del ladrillo, no del mundo financiero, así que cuando decidió crear un fondo de inversión privado generó ciertas suspicacias. Y más aún cuando empezaron a circular rumores de que Kushner estaba buscando capital fuera.

La historia del NYT, que está excepcionalmente documentada, explica cómo el fondo soberano de Arabia Saudí, dirigido personalmente por Mohammed Bin Salman, es el mayor inversor en la empresa de Jared Kushner, con 2000 millones de dólares. También cuenta cómo los informes internos del fondo saudí mostraban serias reticencias a poner dinero, señalando la falta de experiencia de sus gestores, el enorme riesgo de pérdidas, la falta de controles internos, y unas comisiones desorbitadas.

Bin Salman decidió meter dinero igualmente.

Consecuencias

Es obvio, para cualquiera que tenga dos dedos de frente, que esta transacción financiera es, como mínimo, muy, muy, muy, muy dudosa desde cualquier punto de vista ético o moral. El yerno del ex- presidente de los Estados Unidos, que se pasó cuatro años en la Casa Blanca poco menos que de lobista de los saudíes, tiene un fondo de inversión, y un 80% de los fondos en él vienen directamente del gobierno saudí.

Kushner no está violando ninguna ley. No hay un régimen de incompatibilidades o nada parecido para familiares de ex- presidentes o asesores. Sea legal o no, sin embargo, esta es la clase de transacción financiera que apesta a compensación por servicios prestados, y es un escándalo tremendo que debería generar indignación en todo el país.

Excepto que… no ha generado indignación alguna. La noticia del NYT fue publicada hace diez días. Hubo como ocho personas en Twitter que se soliviantaron mucho, un par de tertulias indignadas en CNN y MSNBC y una columna en el WaPo (que siguen escocidos por el hecho de que los saudíes literalmente hicieran filetes a uno de sus empleados), pero… nada más. Ayer David Corn publicaba un artículo literalmente preguntándose por qué todo el sistema político y mediático del país, ante un posible soborno escandaloso al yerno del presidente, había respondido pasando olímpicamente del tema. Como comentaba Josh Marshall, Mohammed Bin Salman parece estar “invirtiendo” en Kushner; un autócrata literalmente comprando influencia. Y nadie está diciendo nada.

El señor del carbón

La historia de Kushner es escandalosa, pero lo que me ha chocado siempre de Estados Unidos es cómo los periódicos parecen publicar historias similares con cierta frecuencia, y a menudo no pasa absolutamente nada.

Pongamos, por ejemplo, una historia del 27 de marzo, también del NYT, en la que se explica con detalle cómo el Emperador de Todas las Almas y Gran Inquisidor de la Fe Verdadera Joe Manchin se había pasado toda su carrera política poco menos que tirando dinero de los contribuyentes de su estado (fuera público o privado) a una mina de carbón de una calidad ínfima de su propiedad, utilizando toda clase de triquiñuelas regulatorias y legales para obligar a las eléctricas a que le compraran todo a precios hinchados.

Básicamente Manchin, que viene de una familia política de toda la vida de West Virginia, debe su fortuna a aprobar leyes que favorecieran sus negocios repetidamente. Todo documentado, todo público y… nada. Anteayer, un pequeño medio de izquierdas sacó un video resumiendo el artículo, pero como si lloviera. Nadie le ha prestado atención.

Preocupaciones mediáticas

Lo más increíble del tema no es que nadie le preste atención, sino el contraste de estas dos noticias, que son dos casos obvios y delirantes de corrupción y tráfico de influencias, con otros escándalos recientes mucho menos importantes. El más clásico, e infame, es esa portada del NYT a once días de las elecciones (...)

Por si no recordáis de qué va, ese fue el día en que el FBI anunció que el marido de una de las asesoras de Clinton quizás tenía alguno de los correos electrónicos que había enviado Hillary cuando era secretaria de estado utilizando un servidor privado. Resultó no ser cierto, y el portátil de ese individuo (Anthony Wiener, que tiene toda una historia), no tenía nada relevante.

Pero aquí lo tenéis, toda la portada sobre un posible escándalo que ni siquiera resultó serlo, a seis columnas, con todas las piezas en tono acusatorio. Estuvimos hablando de los correos electrónicos sin parar durante toda la semana, algo que, muy probablemente, acabó por darle la presidencia a Trump.

Esto sucede constantemente. Lo que obsesiona a los medios, los escándalos de corrupción que se convierten en sainetes que duran semanas y semanas, son a menudo o estúpidos o completamente irrelevantes. Esto sucede tanto en medios nacionales como locales (el CT Mirror está obsesionado con un funcionario aleatorio desde hace meses), y me pone de los nervios.

Me podría poner conspirativo, y hablar sobre cómo las noticias sobre poderosos y ricos son ignoradas, o cómo el tráfico de influencias legal pero dudoso éticamente es tolerado, pero no estoy seguro de que sea ni eso. A Hunter Biden bien que lo están investigando, sin ir más lejos. No sé si el sesgo es que Manchin y Kushner están haciendo esto en público y sin esconderse, y eso no le da la intriga que los periodistas necesitan para que algo sea noticia, o les falta narrativa, o Dios sabe qué. La cosa, de todos modos, va más allá de los medios; hay como una vagancia sistémica para hablar de corrupción en este bendito país.

La política aquí mueve tanto dinero, y lo hace tan a la vista, que es muy difícil no caer en el cinismo. Los medios parece que ni lo intentan."                  (Roger Senserrich, Four Freedoms, 20/04/22)

28.11.18

Las empresas de EE.UU. roban cada año 180.000 millones de dólares al resto del mundo. Los paraísos fiscales desempeñan un papel fundamental en el mantenimiento del poder global de Estados Unidos...

"¿Son los paraísos fiscales un asunto indignante pero tangencial? ¿O tienen un efecto poderoso sobre el funcionamiento de la economía estadounidense y deberían por tanto formar parte de cualquier debate político?

Las alarmantes conclusiones de un nuevo estudio académico indican que se trata más bien de esto último. Titulado “The Exorbitant Tax Privilege” (El exorbitante privilegio de los impuestos), son sus autores Thomas Wright y el economista de la Universidad de California en Berkeley Gabriel Zucman, una de las principales autoridades mundiales sobre paraísos fiscales y autor de la mejor introducción al tema para legos en la materia: “La riqueza oculta de las naciones”.

Los paraísos fiscales (entre cuyos ejemplos más notorios se encuentran Irlanda, Singapur, Suiza, Países Bajos, Luxemburgo, Hong Kong y Bermudas) sirven para dos propósitos.

El primero es la evasión fiscal para particulares, que es ilegal. Pensemos en los plutócratas rusos o nigerianos transfiriendo sus activos a pequeñas islas caribeñas con leyes estrictas sobre el secreto bancario, gracias a lo cual se libran de la tediosa necesidad de pagar impuestos en su propio país.

El segundo es la elusión fiscal para las grandes compañías multinacionales que resulta totalmente legal, siempre que los abogados hagan bien su trabajo. Imaginemos a Apple utilizando diversas artimañas contables para declarar que miles de millones de sus beneficios generados en países con una legislación tributaria normal para las empresas en realidad provienen de Irlanda, donde Apple ha negociado un tipo de impuesto especial del 2 por ciento para su compañía. (En alguna ocasión, Apple ha ido incluso más lejos al afirmar que parte de sus beneficios no provienen de ningún país).

En su libro, Zucman hace una estimación conservadora según la cual la evasión y la elusión fiscal trasladan cientos de miles de millones de dólares procedentes de impuestos impagados a los bolsillos de las personas más ricas del mundo.

El estudio de Zucman y Wright adjudica a las empresas multinacionales parte de la ecuación. Estas son algunas de sus principales conclusiones:

* En 1970, las multinacionales estadounidenses afirmaban que menos del 10 por ciento de sus beneficios se generaba en paraísos fiscales. Esa cifra asciende ahora a la descabellada suma del 50 por ciento. Es decir, que las compañías estadounidenses quieren que creamos que casi la mitad de su actividad económica se produce en lugares como las Islas Caimán. Goldman Sachs, por ejemplo, cuenta con 511 filiales allí, pero ninguna oficina.

Por el contrario, las multinacionales europeas suelen admitir que menos del 20 por ciento de sus beneficios proceden de paraísos fiscales. Las compañías de EE.UU. participan de este chollo por obvias razones: según la investigación, pagan un promedio del 27 por ciento de los beneficios en los países “normales” y un 7 por ciento en los paraísos fiscales.

* La fraudulencia pura y dura de los paraísos fiscales ha alcanzado niveles descarados. Un claro indicador de si una compañía multinacional tiene una auténtica actividad económica en un país es la ratio entre beneficios reportados y salarios pagados: cuanto mayor es la ratio, más evidente es que los beneficios se atribuyen a actividades realizadas en dicho país a causa de su baja fiscalidad. 

En los países con una fiscalidad adecuada, la ratio promedio es del 36 por ciento, es decir, las empresas reportan 36 centavos de beneficios antes de impuestos por cada dólar pagado en salarios. Por el contrario, la ratio asciende a la increíble cifra del 800 por ciento para las multinacionales extranjeras en Irlanda y hasta un estratosférico 1.625 por ciento en Puerto Rico.

* Durante décadas, gracias en parte a los paraísos fiscales, tanto los tipos impositivos reglamentarios como los efectivos se han ajustado a la baja una y otra vez en todo el mundo. Desde comienzos de los noventa, el tipo al que cotizan los beneficios en el extranjero las multinacionales no petroleras de EE.UU. ha caído del 35 al 20 por ciento.

* Igualmente, el tipo impositivo que pagan las compañías de EE.UU. a los gobiernos extranjeros se ha desplomado desde una media del 70 por ciento antes de la Guerra del Golfo de 1991 hasta un 45 por ciento a partir de entonces, un fenómeno peculiar que, según Zucman y Wright, puede reflejar “un regreso a la protección militar que otorga Estados Unidos a los estados petroleros”. (Las tasas impositivas para las multinacionales petroleras suelen ser mayores que las de otras empresas porque los estados dependientes de hidrocarburos tienen mayor capacidad de influencia. Ivanka Trump, por ejemplo, puede trasladar la producción de su línea de calzado de Bangladesh a Etiopía, pero Exxon no puede amenazar con trasladar un proyecto de extracción petrolera de los Emiratos Árabes a Bélgica). 

Además, las multinacionales petroleras estadounidenses producen increíbles beneficios: de 1966 a 2010, sus beneficios en el extranjero antes de impuestos representaron más de un tercio del total de beneficios de las multinacionales con sede en EE.UU. en el extranjero.

El poder global de EE.UU.

Si consideramos todos estos aspectos, podemos concluir que los paraísos fiscales desempeñan un papel fundamental en el mantenimiento del poder global de Estados Unidos. Durante décadas, este país ha comprado a otros mucho más de lo que les ha vendido, y su deuda externa es muy superior a la de cualquier otro país (alrededor de 8 billones de dólares, equivalente a más del 40 por ciento de su producto interior bruto). Estos 8 billones son la diferencia entre los 35 billones de inversión extranjera en activos estadounidenses y los 27 billones de inversión estadounidense en activos extranjeros.

Dentro de una lógica económica normal, esto significaría que cada año gran cantidad de dinero saldría de la economía estadounidense, cuando los extranjeros recogieran sus beneficios sobre los activos estadounidenses. Sin embargo, de alguna manera, la rentabilidad conseguida por el capital estadounidense de sus activos extranjeros es muy superior a la rentabilidad del capital extranjero por activos estadounidenses. El dinero continúa fluyendo hacia Estados Unidos.

Zucman y Wright calculan que casi la mitad de la diferencia entre la rentabilidad de las inversiones estadounidenses en el exterior y la rentabilidad del capital extranjero en EE.UU. puede atribuirse a tipos impositivos anormalmente reducidos para las multinacionales estadounidenses, lo que a su vez se explica por el poder de EE.UU. y por los paraísos fiscales. Si sus conclusiones son correctas, estos exorbitantes privilegios fiscales se traducen en unos 180.000 millones de dólares anuales, o el equivalente al 1 por ciento de PIB de EE.UU. (Si el 1 por ciento no le parece gran cosa, recuerde que durante la pasada década la economía estadounidense creció entre el 1,5 y el 2,5 por ciento anual). 

Si la economía mundial fuera más justa, este dinero habría ido a parar, a través de los impuestos, a gobiernos extranjeros de países que no son paraísos fiscales. Sin embargo, ha terminado en los bolsillos de las multinacionales estadounidenses y de sus accionistas.

Son muchas estadísticas, es verdad, pero que tienen interesantes implicaciones (más allá de las conclusiones del informe de Zucman y Wright). Las consecuencias de los paraísos fiscales se ponen en evidencia en numerosas cuestiones políticas de las que, aparentemente, están desconectadas.

En primer lugar, si las élites estadounidenses fueran suficientemente inteligentes para comprender las implicaciones de los paraísos fiscales –algo que no es obvio en absoluto–probablemente sofocarían cualquier intento serio por eliminarlas. Y no solo porque los ricos posean desproporcionadamente acciones de EE.UU. y se beneficien directamente de la elusión fiscal de la cual gozan las multinacionales de EE.UU. 

También porque la eliminación de los paraísos fiscales podría reducir los beneficios producidos por nuestros activos extranjeros. Esto, a su vez, forzaría a Estados Unidos a someterse a las leyes normales de la gravedad económica y causaría un debilitamiento del dólar. Lo cual beneficiaría a muchos estadounidenses de a pie porque daría impulso a la industria nacional. 

Pero resultaría difícil de tragar para las élites, porque un dólar débil convierte a EE.UU. en relativamente más pobre respecto al resto del mundo, y eso reduce nuestro poderío en la escena global. (La eliminación de los paraísos fiscales también reduciría la desigualdad interna en EE.UU. al reducir los beneficios empresariales).

Además, está el hecho de que la caída de los tipos impositivos a sociedades de las últimas décadas no ha terminado. Antes de la aprobación de la reforma fiscal promovida por Trump el año pasado, las grandes empresas estaban teóricamente obligadas a pagar impuestos sobre los beneficios obtenidos en el extranjero cuando los repatriaban a EE.UU. (en la práctica, nunca traían el dinero a casa). Pero el proyecto de ley de 2017 cambió las reglas. 

Ahora, todo el dinero que las empresas dicen haber ganado en un país extranjero deberá pagar exclusivamente los impuestos a los que les obligue la legislación de dicho país. Así pues, las compañías tendrán todavía más incentivos para engañosamente trasladar sus beneficios a paraísos fiscales.

El proyecto de ley también recorta drásticamente los tipos del impuesto de sociedades, del 35 al 21 por ciento, supuestamente porque EE.UU. tiene que ser “competitivo” con los tipos fiscales de otros países. Este cambio supondrá una presión sobre dichos países, para que reduzcan aún más las tasas del impuesto de sociedades. Cuando lo hagan, las multinacionales se escudarán en ello para demandar nuevas bajadas de los tipos impositivos en EE.UU. Y así sucesivamente.

También surge el tema de quién tiene el poder dentro de las relaciones entre EE.UU. y Arabia Saudí, puesto de manifiesto tras el asesinato de Jamal Khashoggi. Algunos expertos han afirmado con toda confianza que como la producción de petróleo saudí es ahora inferior a lo que era, ya no les necesitamos tanto.

 Pero a las élites estadounidenses no les importa la influencia saudí en el precio del petróleo, sino la participación estadounidense en la extracción y refinado de todos los hidrocarburos del Golfo Pérsico. Si Estados Unidos rompiera de verdad con Riad, los saudíes y sus aliados petroleros del Golfo podrían castigar a las multinacionales petroleras de EE.UU. acudiendo a sus homólogas rusas.

Veamos el caso del Estado Libre Asociado de Puerto Rico, que si adquiriese el estatus de Estado dentro de EE.UU. probablemente incrementaría el poder del Partido Demócrata en el Congreso. Puerto Rico ha sido durante décadas un paraíso fiscal para la industria farmacéutica y, más recientemente, ha intentando promocionarse como paraíso fiscal para individuos superricos. 

Si Puerto Rico adquiere estatus de Estado, tanto las grandes compañías como muchos gestores expatriados de fondos especulativos se verían obligados a cotizar según los tipos impositivos estadounidenses, por lo que cabe esperar que ambos grupos ejerzan una enorme presión para evitar que eso llegue a ocurrir.
Impuestos frente a viruela y golf

En definitiva, la continua propagación de los paraísos fiscales por todo el mundo debería preocupar a los economistas –y no solo a los atípicos como Zucman–, ocupar primeras páginas en los periódicos y atraer la atención de todo el mundo. Pero no es así. ¿Por qué?
Hace casi cien años, el mordaz misántropo H.L. Mencken escribió un artículo sobre los economistas académicos. 

El tema de la fiscalidad, afirmaba Mencken, “mantiene siempre su actualidad; afecta a nueve de cada diez personas más que la viruela o el golf, y guarda en su interior el mismo dramatismo”. Sin embargo, seguía Mencken, los economistas han creado los impuestos y la economía, en general, nos parece tremendamente aburrida.

Esto sucede, según Mencken, porque a diferencia de otros estudios académicos (como las matemáticas, la arqueología, la gramática latina) que no interesan a los superricos, la economía “afecta directamente a los patronos de los profesores [...] Es, en pocas palabras, la ciencia que estudia las maneras y los medios conforme a los cuales han llegado a ese estatus, y se mantienen en ese estatus, en el que pueden contratar profesores y convertirse en sus jefes [...] por encima de prácticamente todo [economista] existe un consejo de administración con sus pies en el mercado de valores y sus ojos en el orden establecido, y dicho consejo se mantiene siempre alerta para detectar herejías en la ciencia sobre la que se basa su existencia”. 

Los economistas, por tanto, tienen todos los incentivos para ser extremadamente ortodoxos, extremadamente aburridos y no llegar nunca a comunicar “el elemento de interés humano” al resto del mundo.

Somos afortunados de que Zucman y compañía hayan ignorado estos incentivos. “Algunos economistas sienten que la economía solo deber tratar de la eficiencia, y que los economistas no deberían hablar de cuestiones distributivas y de desigualdad”, afirmó Zucman en una ocasión. Se le ha acusado de practicar “economía francesa”, signifique lo que signifique eso. Por suerte, él y sus colegas continúan poniendo el foco en lo que verdaderamente importa y tienen el talento de informarnos de ello al resto de nosotros."                    (Jon Schwarz , Rebelión, 10/11/18. Fuente: The Intercept

15.5.17

La empresa de Ivanka Trump obtuvo los derechos de dos marcas en China el día en que cenó con el presidente Xi

"La compañía de Ivanka Trump, hija del presidente estadounidense Donald Trump, se hizo con las licencias comerciales de dos de sus marcas para vender productos en China el mismo día en que cenó con el presidente de este país, Xi Jinping, en Mar-a-Lago, la mansión que el magnate norteamericano posee en Florida.

La Oficina de Marcas Registradas de China publicó el pasado 6 de abril cientos de anuncios relativos a las solicitudes de empresas chinas y extranjeras para proteger sus marcas en el mercado del gigante asiático. Entre ellas está la de "Ivanka Trump Marks LLC", la empresa que gestiona los derechos de propiedad intelectual de los productos de la firma del hija del presidente, según adelantó el martes la agencia AP.

Documento oficial de la Oficina de Marcas Registradas de China que certifica la obtención provisional de los derechos de explotación de la marca Ivanka Trump en los negocios de servicios de belleza (izquierda) y bolsos (derecha).

Las autoridades competentes dieron, según pudo comprobar este periódico, la autorización provisional para el uso exclusivo de la marca en dos líneas de negocio (servicios de belleza y bolsos) horas antes de que el presidente Xi cenara con Donald e Ivanka Trump. La resolución no es aún definitiva: ahora otras marcas que consideren que la decisión no es justa tienen un periodo de tres meses para presentar alegaciones. Ambas solicitudes se habían presentado el 17 de mayo del año pasado.

La hija del presidente estadounidense, de 35 años, ejerce de asesora de su padre, aunque no esté contratada, y su papel en la Casa Blanca ha despertado numerosas suspicacias sobre los potenciales conflictos de intereses de la familia Trump en el poder.

El mercado chino está muy interesado en el tirón comercial de la hija de Trump. Hace apenas un mes trascendió que decenas de firmas e individuos chinos se habían apresurado a registrar variaciones del nombre de la empresaria como marcas de su propiedad.

Según la oficina del registro de marcas china, son 55 los productos registrados (o en proceso) con el nombre Ivanka en distintos negocios. Algunos hace años que lograron la autorización, la gran mayoría la tiene pendiente y hasta alguna ha sido rechazada.

La confianza del presidente Donald Trump en su hija se ha hecho patente desde el día uno de su presidencia. En diciembre pasado, estuvo presente en la primera reunión que tuvo su padre como presidente electo con un líder extranjero, con el japonés Shinzo Abe en su residencia de Nueva York. Se sentó al lado de la canciller alemana, Angela Merkel, durante una reunión bilateral en Washington y también asistió a la cena el pasado 7 de abril durante la cumbre con el presidente chino, entre otros muchos actos.

En un comunicado, la abogada de Ivanka Trump, Jamie Gorelick, aseguró que "las normas éticas no obligan a inhibirse de las responsabilidades en la Casa Blanca en cuestiones de política exterior por el mero hecho de que una empresa bajo su propiedad haya solicitado un registro de marcas a un determinado país".

El presidente Trump afirma haber dejado todos sus negocios en manos de sus hijos y no tener ninguna comunicación respecto de las decisiones que toman. Sin embargo, en un tuit atacó a los almacenes Nordstrom por dejar de vender la marca de ropa y complementos de su hija. Poco después, la consejera de la Casa Blanca Kellyanne Conway salió después en televisión pidiendo públicamente que los espectadores compraran productos de Ivanka Trump. Un tipo de promoción que está prohibido por ley."                   (El País, 19/04/17)