Mostrando entradas con la etiqueta v. Corrupción: Efectos politicos: argumentarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta v. Corrupción: Efectos politicos: argumentarios. Mostrar todas las entradas

20.4.18

¿Cómo castigan los ciudadanos la corrupción? Los electores lo apuntan todo, y tarde o temprano, pasan la factura... la mitad de los electores que dejaron de apoyar al PP en 2015 lo hizo por los escándalos del partido

"La semana pasada, Transparencia Internacional presentó su último informe. Los dos últimos años la puntuación de España fue tan baja (un 58 sobre 100) que se asumió como el golpe final contra el suelo del pozo. 

Una vez allí, sólo quedaba remontar. Pero los datos de 2017 prueban que hay todavía espacio para el hundimiento. Hemos obtenido una nota de 57 en el índice de percepción de la corrupción. Junto a Hungría y Chipre, España es el país que más empeora en comparación con 2016.  (...)

 El partido del Gobierno, el que ganó tres elecciones, y según parece volvería a ganar, vive enfermo de corrupción. Unos casos saltan sobre otros: no es una gripe común ni un mal que ataca a un órgano concreto y prescindible como aún pretenden trasladar; el PP está podrido hasta la médula.

Paralelamente a sus victorias en las urnas, España se ha ido derrumbando en los datos de Transparencia Internacional. En 2004, anotábamos 71 puntos y nos ubicábamos en el puesto 22; y en 2011, dos años después de Gürtel, en el 31. 

Por entonces, Rajoy obtuvo mayoría absoluta. Surgen varias preguntas: ¿la corrupción no es tan crucial en la acción final del voto? ¿Sobredimensionamos su calado social? ¿La oposición ha sabido articular un buen discurso o ha caído en simplificaciones contraproducentes? ¿Cuáles son las dinámicas de la necrosis política para reflejarse en el voto?

Junto al desprestigio acarreado en el estudio, Jesús Lizcano, catedrático de la UAM y presidente de Transparencia Internacional, afirma que estamos ante “una inanición en el tema de la corrupción”. 

“Los partidos no han hecho nada, y no sólo en esta legislatura en la que hay un bloqueo parlamentario, sino en ninguna. Han ignorado a los ciudadanos y no trabajan para alcanzar un pacto de Estado en un asunto crucial”, lamenta Lizcano. 

Pone como ejemplo la Ley de Transparencia, que entró en vigor a finales de 2014 y sigue sin reglamento a día de hoy.  (...)

Esta parálisis en la práctica contrasta con la estrategia comunicativa de los partidos. La corrupción predomina en los argumentarios de la oposición al igual que en los contenidos de muchos medios de comunicación, pero el PP sigue anclado en el poder central (o el PSOE de los ERE en Andalucía). Parece que algo no cuadra. 

Desde la oposición, despliegan razones éticas, políticas y económicas; arguyen una mancha imborrable, una corrosión multiorgánica que “inhabilita” a los populares para ocupar puestos institucionales... Y aun así ganan. ¿Se ha agotado la fuerza del rechazo a la corrupción como motor de cambio? ¿Existió alguna vez esa fuerza?

Efectos electorales de baja intensidad

El experto de la Fundación Alternativas y profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Carlos III Pedro Riera no cree que la corrupción sea determinante. Puede existir un castigo, pero no suficiente como para propiciar un vuelco electoral: “Tiene pocos efectos electorales. No deja de ser un elemento más junto con la personalidad del candidato, el estado de la economía, la identificación partidista y la ideología”. Todo depende de cómo el votante ordene las aristas en su mente. 

Riera cuenta que hay pufos que se premian. Ocurre a nivel local o regional: “Los vecinos de una localidad pueden aprobar una recalificación ilegal de terrenos si se construye un centro comercial que crea puestos de trabajo para el pueblo”, explica. Es decir, la afectación a nivel personal condiciona el filtrado ético de las ilegalidades y, en consecuencia, su repercusión en el voto.

Eso ocurre a nivel local, pero a escala nacional la repercusión que la corrupción tiene para uno mismo deja de percibirse. La investigadora de la Universidad Carlos III de Madrid Mariluz Congosto comprobó cómo empapan los casos en la gente a través de Twitter. Estudió 2012 y 2013, dos años bulliciosos de pufos. “La reacción fue mayor ante los escándalos que ante los sucesos que afectaban más al bienestar o a la economía.

 La indemnización al directivo de Bankia Aurelio Izquierdo (14 millones) o los papeles de Bárcenas aparecieron en el ranking por encima de la nacionalización de Bankia o los recortes aprobados en el Parlamento”, recuerda. 

Los escándalos con protagonista visible ofrecen un relato más fácil y un blanco más claro. Ayudan a poner de relieve el problema, pero a la vez la fuerza de la protesta se ejerce y se agota en el cuestionamiento de un individuo o un caso concreto.

 No obstante, la corrupción sí perjudica directamente a los ciudadanos: en 2015, la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) calculó que los agujeros causados por procesos de licitación viciados ascendieron al 4,6 del PIB, cerca de 48.000 millones de euros anuales. Solo entre julio de 2015 y septiembre de 2016, los tribunales procesaron por corrupción a 1.378 personas implicadas en 166 casos

Aun así, “a la gente le cuesta ver el vínculo entre los casos de corrupción y las consecuencias que tienen para su propia economía”, señala Riera, el experto de la Fundación Alternativas. ¿Por qué no se graba esa conexión no ya en la mente, sino en el estómago del votante?

El ciudadano relativiza los delitos que apuntan a las formaciones de su espectro ideológico, y los medios, también condicionados por su línea editorial (y/o partidista), ofrecen un menú adaptable. Los canales, emisoras y periódicos de derechas suelen mostrar los casos que atañen a su órbita como hechos aislados; mientras tanto, los que tocan a la izquierda se formulan como expresión o tara inherente de esa ideología. Sucede lo mismo al revés.

La corrupción, por lo tanto, no tiene un significado claro y uniforme a ojos de la gente. Hay, además, un agravante en este periodo histórico en que la podredumbre corroe, sobre todo, las estructuras conservadoras: los medios tradicionales, los que abarcan más público, se sitúan a la derecha, centro-derecha y centro-progresismo. 

En consecuencia, se emprenden estrategias informativas esperpénticas: en tiempos de malversaciones millonarias y cohechos y blanqueos y prevaricaciones, el caso del alcalde de Zaragoza que cargó al Ayuntamiento un bote de gomina ocupó papel, píxeles y largos minutos en tertulias y telediarios. 

Los medios y el paradigma Castor

Hay un ejemplo menos ridículo de la importancia de los medios en la interpretación ciudadana. El jurista de la Universidad de Barcelona Joan J. Queralt destaca el Caso Castor como uno de los que, de manera más inapelable, evidencia cómo la corrupción impacta directamente en la gente. “Ha sido el mayor caso de España”, valora Queralt. 

El Gobierno de Zapatero emprendió un proyecto faraónico (la construcción de un depósito artificial de gas) cuyas condiciones de adjudicación y revocación se redactaron a la medida de la beneficiaria final: ACS, de Florentino Pérez. Antes de iniciarse las obras, el coste pasó de 400 millones de euros a 1.200 millones. 

El resultado fueron 400 terremotos, el abandono del proyecto y un agujero de 4.000 millones de euros (sumando los intereses a la indemnización de 1.350 millones) que elevaría la factura del gas de los españoles hasta 2044. En diciembre de 2017, el Tribunal Constitucional anuló el procedimiento por el que se fijó esta compensación. 

Pero este episodio, salvo por el especial que le dedicó Jordi Évole en Salvados, se conoce poco, es, tal vez, el menos mediático: “¿Quién está detrás? Por un lado el Gobierno y por otro Florentino, evidentemente no será un tema central para El País”, critica Queralt.

Esta suerte de filtro burbuja mediático se suma, a juicio de Queralt, a la escasa propensión por parte de la mayoría de votantes a cambiar su papeleta: “Solamente el votante de izquierda y de cierto nivel cultural es sensible a la corrupción; el resto, que es la gran mayoría, la perdona cuando afecta a los suyos”. Además, el sistema electoral provoca que, en la acción de perdonar a los suyos, en realidad, uno se perdone a sí mismo.

Se votan listas enteras, bloqueadas; es un órdago del partido a sus simpatizantes: se apoya todo o nada, y nada puede suponer que gane otro partido cuya ideología y gestión consideran perniciosas. 

La expresión crítica no cabe en una papeleta, lo cual abre un círculo vicioso: el propio PP, por voz de personajes como Carlos Fabra, ha expresado muchas veces que las urnas lo han exculpado de responsabilidades políticas. Este pensamiento puede significar dos cosas. Que el PP ve a sus votantes como fanáticos sin capacidad de reflexionar con matices; o que su cinismo ha perdido ya todos los límites.

Una de las mejores producciones axiomáticas para neutralizar el castigo es convertir a toda la sociedad en delincuente potencial, democratizar el impulso corrupto: “Todos lo somos por naturaleza”.

 La premisa consiste en que las irregularidades no dependen de la clase social o la ideología o cualquier otra condición, sino, por un lado, de la existencia de una cuota de poder y, por otro, de la probabilidad: siempre habrá un determinado número de manzanas podridas o escuerzos. 

La realidad desmiente esta creencia. Según los expertos de Transparencia Internacional y de la Fundación Alternativas, en España la corrupción es eminentemente política y empresarial; no existe un problema de corrupción administrativa. Los jueces, policías, administrativos o funcionarios actúan, en general, limpiamente.

En estas circunstancias, ¿cómo es que la nueva izquierda de Podemos no ha rentabilizado la carcoma y, al contrario, se desploma en la intención de voto? Quizá, la respuesta se encuentre en la esencia descolorida del asunto corrupción. Como explica el politólogo Pedro Riera, entre los factores determinantes del voto hay temas que contienen mucha ideología y otros que no: la corrupción es de los que menos. Aquí se ubica el error estratégico de la izquierda y, en concreto, de Podemos.

 El partido de Pablo Iglesias ha venido centrando excesivamente su mensaje en este tema y su proyecto social ha acabado difuminándose. “¿Hasta qué punto al final la corrupción, a pesar de estar asociada al PP, está haciendo un flaco favor a los partidos de izquierda? Si la batalla electoral y política se situara en otras coordenadas más ideológicas tal vez estos tendían mayor ventaja electoral”, reflexiona Riera.

 En cambio, Ciudadanos, a pesar de sustentar las administraciones más contaminadas, sí araña votos. El partido de Rivera, un proyecto desleído per se, se diluyó más a causa del debate sobre la corrupción (y de sus incoherencias en este terreno). Pero el Procés se exacerbó y, colateralmente, otorgó a los naranjas solidez ideológica: un posicionamiento claro y contundente en un asunto principal.

 El otro factor puede explicar el usufructo de la corrupción por parte de Ciudadanos es la ideología económica. Como apunta Ignacio Sánchez-Cuenca en La superioridad moral de la izquierda, la izquierda está inerme ante el liberalismo: sus postulados económicos constituyen hoy “una especie de filosofía espontánea”, un sentido común.

El debate de lo práctico y la gestión está ganado por la derecha. Si el votante percibe más seguridad económica en un partido, mantendrá su voto en él aunque pese la sombra de la corrupción sobre sus siglas. Esta inercia ayudaba al PP a parar el golpe, y ahora va en su contra porque C’s se corporeiza como la opción donde los partidarios del centro y la derecha pueden lavarse la conciencia sin arriesgar su tranquilidad.

La factura atrasada del PP

Parece, en ocasiones, que la mejor manera de corromperse es hacerlo de manera total. Se diría que un caso, dos o cuatro pueden zaherir a una formación; pero cuando hay 50 o 70 y el mundo no se cae (porque el mundo nunca se derrumba, o no lo hace al menos en el grado que gritan los tertulianos y los políticos), la cosa acaba normalizándose, aceptándose. 

Para Belén Barreiro, expresidenta del CIS y directora de MyWord, el votante desconecta, pero no del todo: “Yo no creo que la ciudadanía se inmunice ante la corrupción. El ciudadano puede perder el interés en conocer los detalles de los casos, que son muy complejos, pero sí toma nota de cada uno de ellos, y eso provoca que vaya aumentando la sensación de que un partido está podrido de corrupción”, matiza.

“En coyunturas extraordinarias”, explica Barreiro, “cuando hay asuntos relevantes y urgentes, como ocurría con la crisis, la corrupción tiende a afectar menos, pero sí lo hace en momentos de ciclo económico normal. La corrupción no se tolera, pero sus efectos pueden ser tardíos”. Es decir, hay un poso de indignación subterráneo que aguarda el momento propicio para manifestarse.

Según sus investigaciones, la mitad de los electores que dejaron de apoyar al PP en 2015 lo hizo por los escándalos que atenazan al partido. Aun así, Rajoy ganó. “Pero ahora pasamos a un escenario distinto donde el miedo a que gane Podemos ha disminuido y aparece la alternativa de Ciudadanos que resulta razonable para personas del centro-derecha o de la derecha. Es posible que el PP pague su factura adicional por la corrupción en las próximas elecciones”, pronostica la directora de MyWord. Se avecinan tiempos de histeria popular."              (Esteban Ordóñez, CTXT, 27/02/18)

15.12.17

La corrupción es planetaria... y tiene una dimensión sistémica. Es un proceso que funciona como un círculo vicioso: desigualdad → baja confianza en el sistema político → corrupción → aumento de la desigualdad

"¿Quién puede evaluar el coste de los daños causados por las prácticas corruptoras de Odebrecht? Para dar una idea, una insignificante esquirla de ese grupo blanqueó en España  26 millones de euros, el equivalente al importe del salario mínimo anual de 2625 personas. 

Habría que añadir ceros y ceros para calcular el monto total de lo calculable. Cambiando de escenario, el Eurobarómetro de 2014 revelaba que más de tres cuartas partes de los entrevistados pensaban que la corrupción estaba generalizada en su país; más de la mitad consideraba que se había incrementado en los últimos tres años. 

Un estudio de RAND Europa para el Parlamento europeo estima que la UE pierde entre  179 y 990.000 millones de euros cada año, incluyendo efectos directos e indirectos, debido a la corrupción. Los cuernos de la horquilla dan idea de la dificultad de afinar en la medida. 

Hace dos años la CNMV cifró en 48.000 millones la factura de la corrupción en la contratación pública. Estas anécdotas evidencian la distribución geográfica –dimensión planetaria– y la profundidad sociológica –dimensión sistémica o estructural– de la corrupción. 

Los daños estrictamente económicos son una pequeña parte del total porque la corrupción, a través de sus efectos inmediatos y  colaterales, es un fenómeno social total que puede representarse metafóricamente en la figura de la hidra. 

Como admite un informe de la UE: “Sin embargo, el verdadero costo social de la corrupción no puede medirse simplemente por la cantidad de sobornos pagados o fondos públicos desviados. Además de permitir que florezcan las ineficiencias económicas, la corrupción afecta negativamente a los objetivos del gobierno, que van desde una mejor distribución del ingreso hasta una mejor protección del medio ambiente. 

Lo que es más importante, la corrupción socava la confianza en los gobiernos, las instituciones públicas y la democracia en general”. En la cartografía oscura de la corrupción cabe destacar varios planos: ético (destruye la fibra moral de los seres humanos, reducidos a meros medios), social (pervierte las reglas de juego y distorsiona los criterios de justicia para la distribución de recursos), psicológico (daña la confianza y la autoestima de la ciudadanía damnificada y deshumaniza a los responsables), y político, al que se dedicará este artículo. 

El 9 de diciembre es el Día Internacional contra la Corrupción y el 10  de los Derechos Humanos. Esta proximidad cronológica puede tener algo más que un alcance simbólico. 

Robert I Rotberg, autor de The Corruption Cure: How Citizens and Leaders Can Combat Graft (2017), propuso la creación de un Tribunal Internacional Anticorrupción, habida cuenta de que los sistema judiciales nacionales no pueden ser operativos si los tribunales son permeables a la influencia, y la magistrada  guatemalteca Claudia Escobar ha caracterizado la corrupción como una violación de los derechos humanos, en la línea de otras propuestas encaminadas a crear la figura de los crímenes económicos contra la humanidad, algo que probablemente sería aplicable a prácticas de corporaciones como Odebrecht.   

Pero el término inicial del círculo vicioso que aquí se ventila no es la corrupción sino  la desigualdad. Eduardo Larraz, exconsejero delegado de Arpegio e imputado en el caso Púnica, y su mujer piden 10.000 euros al mes para subsistencia, porque entienden que es lo mínimo para llegar a fin de mes. 

Al matrimonio le fueron descubiertos 146 lingotes de oro en un banco suizo. Uno de los efectos del oro es que hace perder el sentido de la realidad (a veces también de la humanidad).  Los Larraz no deben saber que 10.000 euros son más de lo se gana en doce meses de salario mínimo. Millet (caso Palau) pagaba el tabaco con billetes de 500 euros. Probablemente ninguno de estos y otros implicados tiene conciencia de la gravedad del delito de corrupción, arropados en esa especie de creencia implícita de que la corrupción es un delito sin víctimas. 

Pero de su gravedad da cuenta desde hace tiempo la literatura sociológica. En White Collar Crime (1961), Edwin Sutherland sostenía que los delincuentes de cuello blanco son los más peligrosos para la sociedad en cuanto a los efectos sobre la propiedad  y las instituciones sociales; son depredadores sociales que minan la moral pública y destrozan la organización social. 

En la misma dirección y partiendo de la tesis de Robert Putnam sobre el capital social, Mark E. Warren concluye que la corrupción es capital social malo y que este tipo de capital tiene más probabilidades de producirse en aquellas condiciones en que quienes soportan los costes de la externalidades negativas –las víctimas– carecen de recursos para resistirse a ellas. 

Warren apunta en una dirección congruente con el grueso de la filosofía política: “la teoría democrática sugiere la existencia de una conexión estrecha entre la distribución desigual del contexto de poderes (empowerments) y el funcionamiento negativo del capital social”.  

Una consideración que remite a una apreciación compartida: “la corrupción es profundamente subversiva para la democracia, porque mina los principios democráticos que estipulan que las personas deben tener las mismas oportunidades para influir sobre el debate público y el mismo poder en cuanto a la toma de decisiones”. 

Pero la corrupción adquiere una nueva coloración cuando se la relaciona con otra variable, con la cual mantiene una relación simbiótica porque se refuerzan mutuamente, la desigualdad. El politólogo Eric M. Uslaner ha explorado este campo en un ensayo titulado Corrupción, desigualdad y confianza y en elaboraciones posteriores. 

Si la corrupción funciona como una trampa que genera círculos viciosos, la desigualdad cumple las mismas funciones pero en una escala más amplia que da cabida a aquella. Según Uslaner, la desigualdad alimenta la corrupción por tres vías complementarias: 

1) impulsando a los ciudadanos a ver la política como un sistema hostil, 

2) generando en ellos un sentimiento de dependencia  y de pesimismo ante el futuro que mina el compromiso de tratar moralmente a los vecinos y 

3) distorsionando las instituciones competentes para garantizar la justicia y la imparcialidad. 

De este modo se instala un modelo de proceso que funciona como un círculo vicioso:   desigualdad → baja confianza en el sistema político → corrupción → aumento de la desigualdad. 

Uslaner coincide con Warren en que la corrupción es “capital social malo” y, a la vez, un capital social que tiende a perpetuarse a través de malas prácticas, que resultan posibles gracias a la captura de las instituciones por las élites poderosas. Pero para romper ese círculo hay que situarse más arriba: “combatir la corrupción significa atajar el problema de la desigualdad”. 

La conexión entre los dos términos sirve de inspiración a un estudio detallado de Jong-Sung You. En ese estudio You propone una secuencia causal que enlaza la desigualdad con la corrupción. El primer impacto de la desigualdad es que escinde la sociedad entre una élite económica poderosa y una masa empobrecida. 

La primera ejerce su influencia de dos maneras: la captura y el clientelismo. La captura de la élite poderosa se expresa a través de prácticas como el soborno o las contribuciones a la financiación opaca de  líderes, partidos y campañas políticas que los benefician. El clientelismo, por su parte, se expresa en versiones distintas de corrupción política y compra de voto, así como el patrocinio y la corrupción burocrática.  

La teoría política clásica coincide en asignar una función social, no meramente individual o egoísta, a la propiedad. La tesis weberiana sobre el origen del capitalismo incide en esta dirección subrayando el elemento ascético. El capitalismo que conocemos en este siglo no se reconoce, en términos generales,  ni en su talante ascético ni en su compromiso social. 

Para Adam Smith en su obra clásica, “ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros están en la pobreza y en la miseria”. La desigualdad genera una riqueza que se desentiende de su obligación normativa de ser útil. La corrupción es una de las funciones de la propiedad sin función. De la ascesis que el capitán de empresa se imponía a sí mismo hemos pasado a la austeridad externalizada. 

La desigualdad en la distribución de los recursos tiene el poder de replicarse, como constató La Boétie refiriéndose a la situación que provocaría la revolución por excelencia: “los tiranos cuanto más saquean más exigen; cuanto más depredan y destruyen tanto más se les da, se les sirve; y tanto más se refuerzan y se vuelven cada vez más poderosos y más dispuestos para aniquilar y destruir todo”. 

Las respuestas sociales a las desigualdades sangrantes ha  sido tradicionalmente dos: la resignación y la revolución. La primera, obviamente, no deja huella en los libros de historia. La segunda sí. Branko Milanovic, exdirector económico del Banco Mundial y autor de Global Inequality: A New Approach for the Age of Globalization, recuerda que la desigualdad fue determinante en el desencadenamiento de la primera Guerra Mundial y ha resultado igualmente decisiva en las cuatro grandes revoluciones de la era moderna: francesa, rusa, china e iraní. 

Puesto que la igualdad, en cuanto isonomía, es una nota definitoria de la democracia, sería de esperar que la extensión de este marco político acabara poniendo coto a las desigualdades. Pero en el momento presente hay dos fenómenos que interfieren en esta exigencia: el neoliberalismo y el populismo. 

Los contornos que ha venido a adquirir esta forma postmoderna de capitalismo que denominamos neoliberalismo hacen sumamente difícil marcar una divisoria clara entre la economía blanca y la negra. El propio sistema dibuja una amplia y elástica zona gris donde la legalidad pierde su brillo y su jurisdicción. 

Con la particularidad de que la escolástica liberal es la ortodoxia, económica y también en buena medida política, del momento. Los economistas son los sumos sacerdotes. La economía de la oferta es un artefacto de probada eficacia para bombear recursos desde la base hasta la cúspide de la pirámide social. 

Una persona avezada en estas transacciones tiraba de léxico religioso: madre superiora, capellán, mosén, misales… Era un recurso literario. W. Benjamin escribió un artículo, “El capitalismo como religión”, en el que afirmaba que “el capitalismo es, presumiblemente, el primer caso de un culto que no expía la culpa sino que la engendra. Aquí, este sistema religioso se arroja a un movimiento monstruoso. […] El capitalismo es una religión hecha de mero culto, sin dogma”.  

Los paraísos –otra importación del lenguaje teológico– fiscales son  el más allá venturoso para la cosecha de la desigualdad y hay miles de bufetes de especialistas financieros dedicados al sacerdocio de oficiar transacciones ilícitas y otros tantos de togas doradas encargados de defender a los pecadores pillados. 

Los técnicos de Hacienda han identificado hasta 130 paraísos fiscales, sin duda un material tentador para añadir a esa soberbia exposición sobre la cartografía que muestra ahora la Biblioteca Nacional. Gabriel Zucman, catedrático de la Universidad de California, estima que en torno a un 8 % de la riqueza mundial se oculta en paraísos fiscales (The Hidden Wealth of Nations —The Scourge of Tax Havens, 2015). 

A falta de dogma tenemos los textos sagrados que dan cuenta de su existencia: Papeles de Panamá, Paradise Papers (¡), LuxLeaks, más otros menos solemnes como la lista Falciani. Por no hablar de cajas B y otros artefactos opacos de esta teología de la expropiación. 

Naturalmente cada teología crea su propia legalidad. La desigualdad no es un pecado y la corrupción oscila entre el mérito o el pecado venial; fácilmente amnistiable. Cuando a Jordi Pujol le comentaron que sus hijos andaban en negocios sospechosos contestó que lo hacían mejor que los demás, y así quedó la cosa; incluida la historia de la herencia paterna. Las historias del ático de Ignacio González –implicado en el caso Lezo con el negocio del agua de por medio– y los regalos de Mato, son de la misma escuela discursiva. La permisividad y la amnistía son la regla en esa zona gris en la que reina un liberalismo amoral. 

Se ha caracterizado la democracia como un sistema de controles y contrapesos. Uno de ellos se refleja en la dialéctica entre estado (democracia) y mercado (sistema económico). Es una obviedad que en los últimos años el fiel ha basculado brutalmente del lado del último. La trinidad neoliberal –desregulación, privatización, liberalización– ha erosionado hasta límites insospechados la soberanía popular y el zócalo de los derechos sociales. 

Para ello se ha manufacturado una artillería retórica asentada en el mito de que la gestión privada es superior.  Lo que ha llevado a la merma de instancias de titularidad pública y está erosionando crudamente los pilares del estado social: sanidad, educación, agua, justicia, dependencia, pensiones. Defender la gestión pública es pura herejía y proponer gastos sociales pecado mortal. 

Del mito se desprende, asimismo,  de forma natural una cruzada mercantilizadora: nada puede sustraerse al mercado; todo es susceptible de compraventa, de los órganos a los recursos básicos, de la voluntad a la justicia. Los beneficios de los accionistas y los bonos se han convertido en el fulcro de la actividad económica. Los trabajadores son relegados al purgatorio de los costes laborales y las leyes no son más que estorbos que deben ser esquivados, torciendo su brazo o saltándoselas. 

Los castigos por estos delitos no causan estigma, no parece existir la pena social que correspondería a una transgresión insolidaria. Parecería que la corrupción misma es parte del mercado hasta el punto de que cabe hablar de un mercado de la corrupción,  con una demanda cada vez más cautiva por el crecimiento de la asimetría en la redistribución: Too big to fail, too big to jail. Nada está tampoco por encima del criterio del beneficio.

 La  finalidad económica se ha convertido en un fin en sí misma y ha capturado a la política. Las elecciones corren el riesgo de convertirse en un ritual sin mordiente efectivo, porque desde otras instancias rige un dogma inapelable, el de la disciplina de las reformas estructurales y los presupuestos austericidas.    

El otro escollo para la democracia es el populismo. El historiador Timothy Snyder escribe (Sobre la tiranía. Veinte lecciones para aprender del siglo XX, 2017): “Podríamos caer en la tentación de pensar que nuestro legado democrático nos protege automáticamente. Se trata de un reflejo equivocado.

 Nuestra tradición nos exige que examinemos la historia para comprender las profundas fuentes de la tiranía y que reflexionemos sobre la respuesta adecuada que hay que darle. No somos más sabios que los europeos que vieron cómo la democracia daba paso al fascismo, al nazismo o al comunismo durante el siglo XX”. 

Añade que los movimientos que desembocaron a la II Guerra Mundial fueron reacciones a las desigualdades y a la incapacidad de las democracias para hacerlas frente. Líderes mesiánicos encandilaron a las masas con los mitos de la raza, la nación o el imperio. Así, Weimar sucumbió en pocos años a las botas etnopopulistas (völkisch) del nazismo. Así, la razón se vio anegada por el mito y las emociones incandescentes que prometían devolver la grandeza perdida a las banderas. 

Make America great again, nos suena a déjà vu: la monserga del destino robado. No somos más listos pero somos probablemente más vulnerables. Goebbels no disponía de la división de cibermercenarios que han prestado unos servicios al parecer decisivos a Trump, los cruzados del Brexit, Marine Le Pen, Putin, Duterte, parece que también a los procesistas catalanes y antes a los liguistas, Berlusconi o Fujimori.

 El etnopopulismo no puede entenderse sin esta instancia de mediación que a través de las redes sociales produce realidades y verdades alternativas. Existe también un mercado de la (pos)verdad en la misma manzana del mercado de la corrupción. 

Con ello llegamos a la tercera pieza del argumento. Hemos visto la estrecha relación que existe entre desigualdad y corrupción. Estudios recientes han mostrado una conexión no menos inquietante entre corrupción y populismo. Un informe de Transparency International (Corruption and inequality: How populists mislead people) sostiene que el incremento de la percepción de la existencia de corrupción en los servicios públicos y de la impunidad que suele favorecer a los beneficiarios empuja a los países hacia líderes populistas que hacen del discurso contra las élites y de la promesa de acabar con la corrupción su bandera. 

El informe establece que “corrupción y desigualdad social están estrechamente relacionadas y son una fuente de malestar popular”; y añade que el “balance de los líderes populistas para hacer frente al problema es deprimente”. El estudio avala la tesis de la simbiosis, en términos más técnicos, la bidireccionalidad de la relación causal: los dos fenómenos interactúan en un círculo vicioso en el que la corrupción favorece la desigualdad en la distribución de poder y esta asimetría se traduce en una desigual distribución de riqueza y oportunidades.

 El título de uno de los apartados no puede ser más transparente: “captura del estado, corrupción a gran escala y muerte de la democracia”. Quizás habría que ir pensando en la figura de los delitos de lesa democracia. Entre tanto, han apuntado bien los organizadores de la “marcha contra la vergüenza”, que ha recorrido varias ciudades israelíes el 2 de diciembre pasado, precisamente para protestar contra la corrupción y el intento de Netanyahu de forzar las leyes para asegurarse la impunidad tras varios casos que le afectan.

 Vergüenza que  cabe sentir la ciudadanía de cualquier país afectado  por  haber elegido a esos políticos y haberlos colocado en las altas instituciones del estado, las que nos representan. 

A la vista de ciertos resultados electorales, parece claro que el populismo ha sabido aprovecharse del extendido descontento con un sistema o un régimen corrupto, presentándose como solución. 

Acaso el populismo es una suerte de clientelismo emocional que, como el otro, se aprovecha de la vulnerabilidad de los más pobres a los que, huérfanos de la protección que les debe el estado, no les queda otro remedio que agarrarse a estas soluciones mágicas y peores que la enfermedad. El populista pesca en el caladero de las frustraciones y capitaliza los resentimientos nacidos de la desafección hacia la instituciones (incapaces de proveer los servicios básicos) y la rabia contra la desigualdad (expectativas fallidas). 

En la medida en que el populismo pone el foco en el líder en vez de en el partido o la organización contribuye a menguar la confianza política (el líder populista es a menudo antisistema) y a debilitar la responsabilidad del electorado.

 La confianza es un factor clave. Como sostiene otro minucioso estudio, la corrupción debilita la confianza en las instituciones políticas y los populistas explotan esa veta del descontento. Por eso la recuperación de la confianza en la integridad de la política es la pieza clave para salir del círculo vicioso.   (...)

La democracia tiene entonces que combatir una hidra de tres cabezas: la desigualdad, la corrupción y el populismo. El coste social de la desigualdad queda reflejado en estas palabras de alguien tan poco sospechoso de izquierdismo como el conde de Chateaubriand en sus Memorias de Ultratumba.  

A la pregunta de si “un estado político donde unos pocos tienen millones, mientras que otros se mueren de hambre, puede subsistir cuando la religión no está ya ahí, con sus esperanzas fuera de este mundo, para explicar el sacrificio”, responde en vísperas de las revoluciones de 1848: “La excesiva desproporción de las condiciones y fortunas se puede soportar mientras se haya ocultado, pero tan pronto como esta desproporción es percibida de manera general, el golpe mortal está dado. 

Recomponer, si se puede, las ficciones aristocráticas e intentar convencer al pobre, pero cuando sepa leer no creerá más; intentar persuadirlo de que debe someterse a todas las privaciones mientras que su vecino posee miles de veces más lo superfluo. Como último recurso, deberán matarlos.”  

Desgraciadamente el populismo nos ha enseñado que no basta con saber leer, hace falta saber lo que se lee y lo que se escucha. El impacto de la corrupción también lo conocemos y no hace falta recurrir a la sofisticación de los modelos matemáticos de regresión y otros que hacen las delicias de los economistas. 

Yves Mény y Donatella Della Porta (eds. Démocratie et corruption en Europe, 1995) lo resumen en pocas palabras: “La corrupción pone en peligro los valores mismos del sistema: la democracia es herida en el corazón; la corrupción sustituye el interés público por el privado, mina los fundamentos del Estado de Derecho, niega los principios de igualdad y de transparencia favoreciendo el acceso privilegiado y secreto de ciertos agentes a los recursos públicos”. 

Se ha dicho que la corrupción es una de las consecuencias de la desigualdad y que las dos juntas alumbran el descontento (o el cinismo: recordemos algunos argumentos desde posiciones supuestamente progresistas apoyando a Trump) de que se alimenta el populismo, un “síntoma mórbido de una crisis política”, según Franz Bauman. 

No somos más listos que los europeos de los tiempos de la República de Weimar, pero podemos aprovecharnos de su experiencia.  (...)"                   

(Martín Alonso Zarza , Politólogo, autor de ‘No tenemos sueños baratos’. Una historia cultural de la crisis. CTXT, 08/12/17)

21.4.10

Efectos de la corrupción

"Los datos que demuestran la corrupción generalizada en las filas del PP allí donde gobierna o ha gobernado son abrumadores. El hecho de que, por el momento, las encuestas no registren penalización electoral alguna a este partido político, o el que incluso muestren un aumento de sus apoyos en comunidades como la de Valencia, provoca cierta incredulidad y lleva a algunos a preguntarse si los votantes de derechas son menos sensibles que el resto a la corrupción. (...)

Los efectos electorales de la corrupción son muy difíciles de detectar, si bien todo el mundo supone que son importantes. Quizá lo fundamental sea que dichos efectos no se materializan inmediatamente: operan más bien como un óxido que va corroyendo poco a poco la confianza en el partido y en sus cuadros. Las razones de estos efectos diferidos son varias. Los votantes, sobre todo los más fieles, necesitan tiempo para estar seguros de que las acusaciones son ciertas. Y se dan un cierto margen para comprobar cuál es la reacción del partido. En ocasiones, dicha reacción puede ser crucial, actuando como catalizador que lleve al perdón o al castigo. (...)

Cuando la confianza queda traicionada, puede surgir un sentimiento de decepción que tenga una traducción política. El votante tal vez deje de identificarse con un partido que se asocia a prácticas abusivas socialmente reprobables, de forma parecida a como algunos consumidores dejan de comprar una determinada marca porque el fabricante explota a sus trabajadores o destruye el medio ambiente. (...)

La estrategia que están siguiendo ahora el PP y la prensa de derechas es transparente. Para evitar el castigo de los votantes, se busca desactivar cualquier posibilidad de asociación sistemática entre corrupción y Partido Popular. El objetivo consiste en que no se reproduzca el clima de los noventa (sólo que ahora con el PP en el centro del huracán). Para ello, se ensayan múltiples fórmulas.

Primero, insistir en que se trata de casos aislados, a pesar de que todos ellos estén conectados con la trama gigantesca urdida por Correa y muchos dirigentes del PP. La doble vara de medir resulta grosera: por ejemplo, mientras que Roldán no era sino el reflejo de la época socialista, el escándalo de Matas, ministro del Gobierno de Aznar, presidente de una comunidad autónoma, amigo de Rajoy y ejemplo para el PP durante muchos años, es sólo una anécdota.

Segundo, derivar las acusaciones hacia delitos que tengan una mayor aceptabilidad social. Aunque parezca increíble, el PP no tiene reparos en admitir que sus dirigentes engañaban al fisco o utilizaban dinero negro sin escrúpulos. Lo que niegan es que esas prácticas formaran parte de la corrupción y de la financiación ilegal del partido. Puesto que el fraude fiscal no está tan mal visto como la corrupción, admiten el primero pero no el segundo. Resulta descorazonador que un partido político utilice el delito fiscal como atenuante, pero a esto hemos llegado.

Tercero, establecer comparaciones especiosas con el pasado: "Gürtel no es Filesa, Filesa era mucho peor". Quizá esta es la línea de defensa más ridícula de todas. Hay más imputados en el caso Gürtel, hay más dinero en juego, el ya por fin ex tesorero del PP (pero, increíblemente, todavía senador) está en el centro de todas las operaciones y se trata de financiación irregular. (...)

Cuarto, insinuar, en contradicción con todo lo anterior, que sí hay corrupción, pero que está tan extendida que no hay motivo para la sorpresa o el escándalo. Se trata del "todos los políticos son iguales", "la política es un asco" y otras fórmulas destinadas a prevenir el castigo electoral al PP, aun a costa de dañar gravemente al sistema democrático en su conjunto." (IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA: ¿Se paga la corrupción?. El País, ed. Galicia, opinión, 16/04/2010, p. 31 )